El muro ideológico



Una vez que la ceremonia de inauguración concluyó, la extática multitud, homogenizada por gorras rojas con la insignia “Make America Great Again", comenzó a desplazarse por la ciudad. En el regreso hacia el campus de la Universidad de Georgetown, en donde actualmente curso mi primer año, un grupo de simpatizantes del ahora presidente Trump no dudaron en compartir sus opiniones sobre el futuro de “su país” conmigo. “Estados Unidos va a dejar de mantener a todos ustedes”.

Atónita, me pregunté a quiénes se refería: ¿a los mexicanos? ¿a las minorías? ¿a la gente con un tono de piel distinto al suyo? Mis preguntas fueron interrumpidas por otro comentario. “Es mejor que regreses a tu país, Estados Unidos ya no es un lugar para ti”. Más que miedo o indignación, sentí una enorme curiosidad por saber qué motivaba al grupo de hombres a decirme esto.

Tres días después, en mi clase de Relaciones Internacionales, el profesor abrió una encuesta electrónica sobre la política exterior que Trump ha comenzado a forjar.

Más del 97% de la clase indicó estar en profundo desacuerdo con las políticas aislacionistas del Presidente, mientras que el 95% se posicionó a favor de la fuerza laboral migrante como un recurso beneficioso para la economía estadunidense.

El 96% apoyó la declaración: “relaciones comerciales y diplomáticas positivas entre Estados Unidos y sus países vecinos resultan ventajosas para el país”. Nuestro profesor explicó que esta misma encuesta ha sido aplicada a dos grupos en los últimos meses: las élites políticas y económicas del país, y los trabajadores de bajos ingresos.

Indicó que nuestras respuestas coincidían con aquellas de las élites. “La mayoría de las personas con formación universitaria perciben las ventajas del libre comercio y la diversidad cultural”.

Como estudiante en un instituto de artes liberales en un país dividido, mi estancia en Washington incluye las dos ideologías dominantes. Por un lado, millones de liberales exhortan a las minorías a no dejarse vencer por el discurso fanático y racista que Trump promueve. En contraste, un sinnúmero de americanos se compromete a intimidar y acosar a estos mismos grupos. No queda duda de cómo la personificación del mexicano como fuerza nociva conspirando contra el progreso económico y la seguridad se ha extendido. Sin embargo, sectores enteros del gobierno y el electorado americano luchan contra las generalizaciones y enriquecen el diálogo.

Trump se ha mostrado como un maestro manipulador de la opinión pública.

Ha creado el perfecto chivo expiatorio: el migrante como un “free rider” que daña y no aporta. No obstante, la oposición a este pensamiento es tan real como su apoyo. Demócratas y republicanos se oponen al teatro racial montado alrededor del “forastero”, el que no es americano.

Tres pensamientos conviven en mi mente.

1. El discurso de señalamiento hacia los mexicanos se ha convertido en una herramienta invaluable para un populista empedernido como Trump.

2. No está solo en sus generalizaciones y cuenta con un público deseoso de este tipo de circo reaccionario.

3. Los mexicanos tampoco lo están, con millones dispuestos a dedicar sus esfuerzos, tanto en el nivel gubernamental como popular, a combatir la intolerancia.


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