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¿Con Donald Trump, el imperio yanqui se encamina al suicidio?

El imperio romano duró cinco siglos y naufragó con Rómulo Augústulo, en el año 476, en una escandalosa degeneración social.

Todos los imperios tienen un principio y un fin. Mi colega periodista Ángel Trejo, en su Diálogo para la Agencia Mexicana de Noticias, nos refresca la memoria sobre la desastrosa caída de otros imperios contemporáneos:

“El güero loco mesiánico está avanzando en sus dislates y echándose una soga al cuello. Es sin duda un tontiloco que está anunciando la declaratoria oficial del principio del fin del imperialismo yanqui; el inicio de una tercera guerra mundial y, de no suscitarse ésta, un proceso de revoluciones de izquierda (socialistas) a nivel mundial. Trump reúne las mismas facetas de la anomalía profética criminal y torpona que asoló a Hitler cuando atacó a la URSS y en ésta halló su pantano. El mismo error estratégico intenta repetir Trump golpeando a México, donde el pendejo puede hallar su ‘general invierno’ en el desierto del norte. La misma tontería cometió en 1812 Napoleón Bonaparte en la Rusia zarista”.

Asimismo, traigo a la memoria al ilustre escritor uruguayo Mario Benedetti cuando sostenía la tesis de que “las bestias, por lo regular, terminan devorándose a sí mismas”.

El imperio yanqui cumple a penas un siglo y ya está dando muestras de un acelerado desgaste económico y político. Va en tobogán y en caída libre camino al precipicio.

El loco Donald Trump no es Napoleón El grande, ni Hitler, aunque quiere emularlo en esa falacia de que los blancos son lo más puro de la raza humana, y su emergencia como líder tirano de EEUU sólo está provocando desasosiego político y económico mundial y la posible incidencia de un magnicidio rápido del imperio o la apertura de un interminable y desastroso desbarajuste internacional, que todos los países del tercer mundo y las potencias emergentes deben aprovechar para ayudarlo a hundir el sistema económico neoliberal y darle cristiana sepultura a ese odioso imperialismo yanqui.

Con la primera nación que Donald Trump se ha ensañado es con su vecino del sur, México, que aportó en 1848, 2 millones 547 mil 242 kilómetros cuadrados de su territorio para que EEUU, después de comprarle a Napoleón Bonaparte en 15 millones de dólares 14 mil kilómetros cuadrados que conformaban el territorio de la Louisiana. Se convertiría en la gran potencia económica y militar.

La guerra declarada por Trump contra México ha unido a gran parte del mundo en solidaridad con la nación azteca. Esa solidaridad, sin embargo, no ha sido aprovechada por una clase política gobernante de rodillas a Washington.

Pero además, la mano de obra mexicana, la más barata del mundo, ha sido pilar fundamental para la economía norteamericana, pues como bien dijera Vicente Fox, “los mexicanos hacen el trabajo que ni siquiera los negros quieren hacer”.

Tiene razón otro colega periodista mexicano, José María Vargas Hernández, cuando sostiene que “si a México le va mal, a EEUU le irá peor”.

Sí, estamos ante una guerra económica, social, política y moral. No descartemos que un loco como Donald Trump la convierta en una guerra militar, que uniría al mundo en favor de la nación azteca, como lo intentó hacer Alemania, allá por 1916, enfrentándose en una alianza militar con México y Japón contra EEUU para que éste no se involucrara en la Primera Guerra Mundial, de la que emergería como la gran potencia económica y militar.

Sería una guerra a la que a México le sobrarían aliados como China, a la que por cierto se le queman las habas por sepultar al imperio yanqui.

¿Donald Trump será tan testarudo para seguir cavando la tumba del imperio yanqui?


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