AMLO: los neofascistas quieren muros y guetos



Es la mítica Placita Olvera, un pedacito de México en el corazón de Los Ángeles. Los colores, los olores, los sabores de México se mezclaban con la diversidad de Estados Unidos en un abrazo que, al menos en esta ciudad santuario, hoy se da con más fuerza, con más querencia que nunca, quizá porque se sabe en peligro como nunca.

Acaso porque dos noches antes, una redada del ICE (la Agencia de Inmigración y Aduanas) detuvo a casi 200 mexicanos en esta ciudad. A este rinconcito —festivo como siempre y asustado como nunca—, llegó un López Obrador que sabe que aunque los migrantes lleven diez, 20 o 30 años de este lado, siempre llevan a México en su corazón y en sus nostalgias.

A ése país suyo que dejaron atrás por la falta de oportunidades, por la violencia, por la corrupción o simplemente por perseguir el famoso “sueño americano”.

Pero el sueño que empieza a convertirse en pesadilla. Y acá todos, no sólo los mexicanos, buscan a alguien que los ayude a seguir soñando, o por lo menos, a alguien que los proteja de ésta, que ha empezado a convertirse en una muy angustiosa realidad.

Así como en la Alemania anterior a Hitler había descontento por la inflación. Pero culpar de estas desgracias a determinados grupos sociales o culturales, nacionales o extranjeros, tiene una obvia connotación política. A Donald Trump y al grupo que lo asesora les ha dado resultado azuzar a integrantes de ciertos estratos de la sociedad estadunidense en contra de los inmigrantes y, en particular, a los de nacionalidad mexicana. El discurso de odio y la cizaña en contra de los extranjeros les permitió ganar la presidencia. Se cometió el error de no advertir la eficacia de la estrategia política sustentada en despertar el odio y el nacionalismo.”

Así abrió Andrés Manuel su discurso ante más de tres mil paisanos. Con una insospechada —en él— aunque exacta analogía al momento más trágico del siglo pasado.

Y es que, efectivamente, todos los primeros pasos de Donald Trump y su gabinete (en mi columna lo he escrito hasta el cansancio) remiten inevitablemente a ese momento en el que se generó una de las peores crisis humanitarias de las que tengamos memoria.

Estos astutos pero irresponsables gobernantes neofascistas quieren construir muros para hacer de Estados Unidos un enorme gueto y equiparar a los mexicanos en general, y a nuestros paisanos migrantes en particular, con los judíos estigmatizados e injustamente perseguidos de la época de Hitler”, continuaba López Obrador.

¿Y cómo no pensarlo, y cómo no decirlo, si cada día encontramos un nuevo motivo para equiparar a éste régimen con aquél?

“Debemos contrarrestar con fundamentos la estrategia de Trump y sus asesores. No con gritos o insultos ni respondiendo a las provocaciones, sino con inteligencia, sabiduría y dignidad, con el método de la no violencia. Por eso, cuando se erige un muro para segregar a las poblaciones o cuando la palabra “extranjero” es utilizada para insultar, denigrar y discriminar a nuestro semejante, se ofende a la humanidad, a la inteligencia y a la historia.

Así acompañaba López Obrador a los migrantes que acudieron a escucharlo y a buscar en sus palabras una suerte de refugio, escudo o espada para afrontar los tiempos no que vienen, sino que ya llegaron para romper de imprevisto su vida cotidiana.

Y si el gobierno mexicano no interpone una demanda contra Trump ante Naciones Unidas, lo haremos nosotros”, prometía a todos estos hombres y mujeres que están buscando quién los ayude a conservar la vida que tanto tiempo les ha tomado construir, en otro país, que no es el suyo pero también lo sienten como tal.

Y remató con un homenaje a esa otra, importantísima lucha racial en Estados Unidos:

Como decía Martin Luther King: La oscuridad no puede sacarnos de la oscuridad. Sólo la luz puede hacerlo. El odio no puede sacarnos del odio. Sólo el amor puede hacerlo.”

Andrés Manuel entiende que, hoy, cada una de sus palabras será escuchada y medida con lupa no sólo en México, sino del otro lado del Río Bravo.

Y no sólo por el presente, sino —y quizá como nunca antes—, por el cernidor de la Historia, con mayúsculas.


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