Alberto Vieyra: La conspiración de Washington



El México del caos de principios del siglo XX, con una cruenta Revolución Mexicana que arrojó más de un millón de muertos y medio millón de desplazados, del derrocamiento de los halcones de Washington contra el gobierno de Francisco I. Madero y la expedición punitiva en busca de Pancho Villa, en Chihuahua, estaba urgido de paz social. Esa necesidad, daría origen al nacimiento del Partido Nacional Revolucionario –PNR- o sea, el abuelo del actual PRI.

La nación azteca transitaba del México del caos al México de las instituciones.

El Partido Nacional Revolucionario –PNR- creado en 1929, cambio su nombre en 1938 por el de Partido de la Revolución Mexicana –PRM- y en 1946 se convertiría en lo que hoy conocemos como PRI.

Era la misma gata, sólo que revolcada. La clase política era la misma, la misma ganadora en la Revolución Mexicana. El viejo PRI había nacido con cuatro facciones políticas: la carrancista, obregonista, callista y socialista. El acuerdo sería que, entre esas cuatro facciones políticas, se rotaría el poder político en México sin sobresaltos, es decir, sin arrebatos del poder como en la era de la bala que acabo con la vida de Venustiano Carranza y Álvaro Obregón.

Esas cuatro facciones harían que el PRI fuera el gran partido hegemónico de México. El PRI formaba parte de la cultura de los mexicanos.

Cuando los gringos decidieron romperle a México la columna vertebral de su nacionalismo, lo primero que urdieron fue una rabiosa campaña contra las instituciones aglutinadoras de la sociedad mexicana, entre ellas: la UNAM, la Virgen de Guadalupe, PEMEX, la CFE, y sin faltar el PRI. Había que colapsar el espíritu nacionalista de los mexicanos.

Los constructores del PRI: Plutarco Elías Calles, el General LázaroCárdenas, Adolfo López Mateos, Porfirio Muñoz Ledo, Vicente Lombardo Toledano, Alfonso Corona del Rosal, Carlos Hank González, Jesús Reyes Heroles, Rafael Pascasio Gamboa, Rodolfo González Guevara, Ignacio Pichardo Pagaza, entre muchos otros, fueron mexicanos visionarios que probablemente robaron, pero no saquearon a México como lo han hecho los actuales vulgares raterillos que se han convertido en los destructores del PRI, llevándose al país entre las patas.

He leído con suma atención, a doña Soledad Loaeza, en su artículo de La Jornada, tituladoPara destruir al PRI. La lucidez de la escritora quien profesa la ideología de izquierda, me parece de lo más acertado cuando asegura que ex gobernantes como Yarrington y el vulgar raterillo Javier Duarte, están clavando en el féretro del PRI, el último clavo. Añade doña Soledad:

“La hegemonía del PRI no la levantaron gentes como éstas que ahora están en capilla, sino personajes que tenían ideas, lealtades, creencias. Seguramente también tenían ambiciones personales, intereses egoístas, pero las compensaban con inteligencia, creatividad, trabajo, seriedad de propósito, disciplina. El PRI fue un partido hegemónico por décadas y razones hubo para que lo fuera, porque cumplía funciones importantes para el país, porque estabilizó la vida política y fue un apoyo para el desarrollo de instituciones y para la modernización del país. Los destructores de ahora no sólo están liquidando el cadáver de lo que fue un gran partido, sino que es de tal magnitud su acción destructiva que también están acabando con la historia del PRI que no tenía por qué terminar así.”

Sí, la periodista tiene razón. La conspiración de Washington está a punto de enterrar al PRI.


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