Marc Anthony, valió la pena



Las mamacitas seguro se fueron a dormir bien calientitas después de que Marc Anthony les celebró ¡cómo se lo merecen y en el Auditorio Nacional!

Les movió la cintura, les bailó pegadito; se mordió el labio, las hizo gritar, les cantó, las levantó del asiento y hasta provocó que se pusieran a sudar ¿qué más podían pedir?

Y el título de mamitas aplicaba para la abuelita que bailó muy duro salsa junto con su hija, su viejo, sus nietos; para las mamás más joviales que cantaron a pecho y para las sensuales jovencitas que se movían sensualmente con Valió la pena, tema con el que abrió el espectáculo a las 20:45 horas de ayer.

Y vaya que el boricua también salió con la mecha encendida, con ganas de dejar el alma en el escenario, de sudar, de presumir sus nuevos tatuajes de cruz en el cuello y hasta de poner a todos de pie.

“No se puede estar sentado en un concierto de salsa, así que vamos calentando el ambiente México. A disfrutar”, dijo.

Evidentemente provocó a sus damas. Las levantó con Contra la Corriente para cantar “y yo trato, trato, trato, pero no te olvido”.

Se tomó fotos con celulares de los fans. De verdad estaba desatado.

Y ya endemoniado sobre el escenario se dio tiempo para saludar a Nicky Jam, un visitante de lujo que tomó asiento a un costado del escenario para ver al maestro salsero desbocarse y apoderarse de la batería como si fuera máster del bombo y platillo.

El tributo a Juan Gabriel en todos sus conciertos ya es materia obligatoria. Lo saben sus fans al escuchar Abrázame muy fuerte con los arreglos de una guitarra que fácilmente se encuentra un concierto de progresivo.

El tributo a Juanga se fusionó con Y ahora quién, Apasionada, Y cómo es él. Es tan desgarradora su interpretación que sus ojos terminan tan llorosos que hace vibrar a todo el Coloso.

“Llegó el momento de la rumba”. Si de por sí al interior ya hacía calor, Vivir lo nuestro hizo más bochornoso el ambiente por tanta vueltita de trompo que la gente daba en sus lugares, pues las butacas son grandes enemigas para un espectáculo de salsa.

La prueba de quienes si rumbearon estaba en el sudor que se pegaba en la lonjita, en la espalda y las axilas.

Y, bueno, también estaban las atrevidas de primera fila que les importaba un comino que Marc parecía escurridero del rostro y le plantaban unos besotes en los cachetes, eso sí con sabor saladito.

Por milésima ocasión contó la misma historia sobre su nombre, hasta desde las gradas gritaban “¡ya sabemos!” porque es un speech más repetido que las películas de canales abiertos.

Bueno, sin embargo, la introducción era para volver a recordar al Divo de Juárez con Hasta que te conocí.

Y como un concierto de Marc Anthony no es show sin rendir tributo a su público, pues se despidió con el siempre confiable trío de canciones sabrosonas: Mi gente, Tu amor me hace bien y la infaltable Vivir mi vida a las 22:25 horas.

Y la despedida llegó no sin antes darle un beso de piquito a una chava de bastante buen ver y recibir uno del mismísimo Gallito Feliz.


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