'Fui un árbitro diferente', dice Bonifacio Nuñez



Bonifacio Núñez no siempre vistió de negro. De hecho, cuando era chamaco en su natal Pachuca era fanático del beisbol, de Mickey Mantle y los Yanquis de Nueva York. Le llamaban Juanito y también podía repetir en voz alta el line up de sus Diablos Rojos del México: “Beto Palafox cachando, Alonso Perri en primera, García en segunda, Mayer en el short stop, el Burro Hernández en tercera. También estaban los pitchers Panchillo Ramírez, Aarón Flores, Julio César Inbert, dirigidos por Chile Gómez”.

Por culpa de los demonios, Juan Luis Bonifacio (así dice su fe de bautismo, aunque sólo es Bonifacio en el acta de nacimiento) tomó el bate y el guante de cátcher. “Era jovencito y representé a Hidalgo en una competencia nacional de beisbol. Soñé con ser un beisbolista profesional”.

Así viajaron Juanito y su familia, mudándose a la Ciudad de México, asomándose a los parques de beisbol e ingresando a la secundaria, cuando el uniforme era color caqui y se usaban la corbata y cuartelera como militar.

Juan pintaba para beisbolista, pero el cambio al Distrito Federal le cambió el rumbo. No cumplía los 14 años, cuando aprendió a cascarear en las calles, jugar coladeritas con una pelota más grande que la que usaba en el beisbol. “Comencé a abrazar el futbol y a jugar como delantero. Era flaco, rápido y con malicia con la pelota. Pronto llegué a un campeonato nacional de futbol con compañeros como Mateo Bravo, Pato Carrillo, Enrique Pastrana y Enrique Romero”.


Juan Luis Bonifacio (en medio) jugó como delantero en el llano.

¿Y cómo es que termina como árbitro?

Por una expulsión.

Tarjeta roja para Bonifacio Núñez.

No existían las tarjetas. Se escucha extraño, pero una expulsión me marcó para siempre. Jugaba en un equipo llamado Santos de Brasil, nos sentíamos Pelé, Coutinho y Zagallo. Luego nos cambiamos por el nombre del Atlas, debido a que un policía tapatío nos patrocinó. Pertenecíamos a la liga de la Unidad Morelos del IMSS y eran canchas de tierra. En una ocasión, el defensa central del equipo contrario me traía a pan y agua (ya se había acabado el pan, así que aguantarse y a joderse) patada tras patada, hasta que me lo quité de encima y metí gol. De inmediato me burlé de él y le menté la madre. Para mi mala fortuna, el silbante me escuchó y ahí me echó. ¿Por qué me expulsas?, le grité. El hombre de negro me dijo que por conducta antideportiva.

La cosa no paró ahí.

Cuando terminó el partido le pedí al silbante que me dijera en qué libro estaba la tal mentada regla. Me mandó a la librería Porrúa, frente al Palacio de Bellas Artes. Encontré el libro de Diego de Leo. Le hablo de 1970, yo tenía 20 años. Comencé a leer las 17 reglas de futbol y me sentía experto como para alegarle a los árbitros. Un día, en la Unidad Morelos, faltó un árbitro en la juvenil C (16 y 17 años) y mi entrenador, Javier Rodríguez Cáceres, me dijo “tú que tanto le discutes a los árbitros, métete a pitar”.

Nació el árbitro Bonifacio.

En cancha de tierra, con pants y chamarra. Al terminar el partido, varios jugadores del equipo derrotado me dieron la mano. Ahí me picó el cáncer del arbitraje. Una sensación especial. Para mi suerte, ahí estaba Manuel Flores, responsable de los árbitros. “Oye, ¿por qué no te vienes a arbitrar?”, me dijo. Mi papá ya había muerto, había que sacar algo de dinero. Pagaban 25 pesos por partido y yo ganaba 50 a la semana. Con los primeros pesos me compré en las calles de Anillo de Circunvalación una camisa de manta con agujetas, short y calcetas negras y unos tenis de lona Super Faro. También un silbato de policía de crucero.


Juvenil, Tercera Fuerza después.

Luego salió una convocatoria para un curso de árbitros. Pasé todos los exámenes. El curso lo dio el profesor Rafael Valenzuela. Ser árbitro de Primera te exigía tener un trabajo y yo laboraba en Recursos Hidráulicos como ingeniero topógrafo no recibido. Dejé novias y fiestas, me paraba a entrenar a las cinco de la mañana, atravesar la ciudad y luego me dirigía a mi trabajo. Me hice muy disciplinado.

Se convirtió en el coco de los jugadores.

(Risas). Mi instructor fue Arturo Yamasaki y me enseñó a que se respetaran las reglas. No permití que los jugadores me protestaran. Los encaraba. ¿De qué te ríes?, les decía. Rara vez usaba las tarjetas. Tampoco aceptaba el diálogo, porque había jugadores que te querían envolver.

¿Hizo amistad con algunos jugadores?

Con Carlos Hermosillo, Aldrete, con el Negro Santos y Félix Fernández. Muchas veces me decían “no te enojes, Boni”. A los extranjeros sí los traje a raya.

Con Hermosillo se llevaba pesado.

Me acuerdo que un día en Pachuca, en un juego entre Toros Hidalgo y Cruz Azul, los cementeros iban ganando 3-0 y el grandote aprovechó un tiro de esquina para desplazar con el codo a un defensor y marcar un gol de cabeza. Yo lo anulé de inmediato. Hermosillo se me quedó mirando y me gritó “¡no tengas miedo!”, por aquello de que supuestamente protegía al local. Yo soy de Pachuca y que le respondo: “¡con mis paisanos no me gritas, cabrón!, estás amonestado”. Al terminar el partido, Hermosillo se asomó al vestidor arbitral, tocó la puerta y cuando abrimos gritó: “¡pinche Boni, %&# tu madre!”. Yo me reí.

Genio y figura.

Fui un árbitro diferente. Como decía el portero atlantista Félix Fernández, me gustaban los partidos apestosos. Era un reto para mí pitar juegos difíciles. Fui un silbante feliz durante los 20 años que pité. Me gustaba que se respetara mi trabajo y lo mismo echaba al ídolo de rancho que al estrella.


LOS RUMBOS DE JUANITO

Le decían Juanito, en Pachuca, cuando el chamaco Núñez soñaba con ser un beisbolista de los Yanquis de Nueva York o los Diablos Rojos. Después se mudó al DF y se hizo delantero en un equipo llamado Atlas, en la liga amateur de la Unidad Morelos del IMSS. En la secundaria vistió el clásico uniforme color caqui tipo militar. Tiempo después, una expulsión por burlarse de un rival lo llevó a estudiar el reglamento de futbol y pitar, accidentalmente, un juego entre juveniles. El camino lo condujo a la Primera División, donde se convirtió en todo un personaje. En la foto de la derecha aparece con Tuca Ferretti y Yayo de la Torre.


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