LOS JÓVENES DE AYER Y LOS CACAHUATES.

COLUMNA DE PE A PA

Por: Alberto Vieyra Gómez. info@agenciamn.com AMN. – ¿Cuánto vale un cacahuate y cuánto valen los jóvenes de ayer de más de 65 años? ¿Qué vale más una persona jóven que todavía no cuaja en la vida o los viejos de ayer que aparentemente ya dieron todo en materia científica, política, militar y en todos los rubros importantes del quehacer humano? … Los jóvenes de ayer son maravillosas criaturas que cargan el peso de los años y un cúmulo de experiencia y sabiduría. La sociedad los ha relegado sólo porque ya caminan lento, por su piel arrugada y sus cabellos color de plata. La familia los arrumba en un asilo para que sean víctimas de la tiranía. El Estado pone su parte para que los jóvenes de ayer no estén en los asuntos de hoy o los deja morir para que no den lata. Otro gallo le cantaría a este mundo si los jóvenes de ayer no fuesen arrumbados para pudrirse en un rincón. Injusta sociedad que mata en vida a esas almas grandes, pues olvida que la peor soledad es la muerte. Cierto es que los jóvenes de ayer ya no son las poderosas máquinas de la producción capitalista, pero tampoco son bultos del montón. Es menester que el hombre entierre esa cultura del desprecio y el despojo, que ha derivado en una sociedad insolente. La economía neoliberal es la creadora de la cultura del usar y tirar, poniendo al dinero en el centro de las cosas y no, a la criatura humana. Por ese pecado de lesa humanidad, el papa Francisco lo bautizaría sin agua bendita como “la economía de la muerte”. Porque ya ofrendaron su vida a la patria y generaron riqueza, permitirse, no se debe que los jóvenes de ayer sean reducidos a meros objetos desechables de esa economía tirana. Y menos aceptable será que sean confinados a corrales de ignominia de postración y de mala muerte. ¿Por qué le hablo de los jóvenes de ayer y los cacahuates? Mire usted. En el gobierno de AMLO, durante la era del Covid-19 se habla de privilegiar la vida de los jóvenes, aunque estos no hayan cuajado, sean lastres en la escuela o fósiles en la vida, los ninis. ¿Quién tiene más derecho de vivir, los jóvenes de hoy o los jóvenes valiosos de ayer?... ¿Verdad que todos tenemos el mismo derecho, el derecho a la vida y a la salud?, pero pareciera que AMLO a enloquecido optando por salvarle la vida en esta pandemia solamente a los jóvenes, aduciendo que, si sólo hay un respirador y hay dos contagiados, uno jóven y otro viejo, el jóven tendrá mano, aunque lo correcto sería que la mano la llevará quien haya llegado primero al hospital, pues así se cumpliría la tesis de que “primero en tiempo, primero en derechos”. Eso tiene que metérselo en la cabeza AMLO y su pomposo Consejo de Salubridad General que están actuando como las nazis en la Segunda Guerra Mundial y todo por falta de insumos elementales para poder salvar la vida del mayor número de personas y no, de manera selectiva. Vaya debate que merece amplios espacios en los medios de comunicación. Recordare también que en mi poema “Los jóvenes de ayer”: Sitio de honor y privilegio tenían los jóvenes de ayer en las grandes civilizaciones. Eran líderes de la tribu, maestros del arte, astrónomos y guías espirituales. Pero el imperio capitalista del mal y las sociedades de consumo mundial han reducidos a la nada a los jóvenes de ayer en asuntos torales. ¿Alguien ha visto algún anuncio en el que soliciten hombres o mujeres mayores de 40 años para trabajos cruciales? En las civilizaciones de la edad antigua y media, los viejos eran paradigma de respeto y fuente de sabiduría. En el libro sagrado de los números y en relatos bíblicos, cuenta se da de un consejo de 70 ancianos que cumplían vitales roles sociales. En la sabia cultura maya, los viejos, hombres y mujeres, conformaban la Cofradía, institución fiscalizadora del gobierno y consejera del pueblo con maestría. Para el imperio capitalista del mal, los adultos mayores son los viejos, los de la tercera edad y los consumidores de productos desechables. Urgido el mundo está de una cultura humanista y de una revolución de la justicia y la dignidad. Para esa revolución no servirán los misiles, bombas atómicas y otras armas letales, sino las indestructibles palabras y la solidaridad. Venerables jóvenes de ayer, levantaos los unos a los otros a romper con sabiduría las cadenas opresoras de la dignidad. Levantaos a enterrar la indignidad en los asuntos públicos y todo lo que está pudriendo a la humanidad.

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